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El Peñón de Gibraltar ha sido conocido desde la antigüedad debido a su situación privilegiada. Fenicios y griegos visitaron la Roca, incluso la mitología griega la identificó como una de las columnas de Hércules, denominada Calpe.

El primer asentamiento en Gibraltar data de la época almohade. Así, en 1160 el sultán Abd-Mumin ordenó la construcción de una fortificación en el territorio, cuyos restos aún forman parte del castillo de la época. En 1333 pasa a manos de los meriníes, que habían invadido la España musulmana. Más tarde lo cederán al reino nazarí de Granada.

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En 1462, las tropas del I duque de Medina Sidonia volvieron a ocupar Gibraltar, a cuyo sucesor se le concedió el marquesado de Gibraltar en 1488.

Asedio de Gibraltar

En el verano de 1704 una flota de navíos ingleses y holandeses fue atacando varias costas del sur de España hasta llegar a la bahía de Algeciras, donde comenzaron a tomar posiciones para atacar Gibraltar.

Las fuerzas borbónicas eran insuficientes, y tras cinco horas de bombardeos, los defensores accedieron a entregar  al príncipe británico la plaza de Hesse-Darmstadt.

La ocupación de Gibraltar supuso el desplazamiento de la mayor parte de su población. Así, el 5 de agosto, el cabildo de Gibraltar decide abandonar el Peón al no desear prestar juramento de fidelidad al archiduque.

Al día siguiente se inició  el éxodo, con los atributos identificativos de la ciudad: pendones, archivos, sellos, documentos, imágenes religiosas, libros de registros parroquiales con actas de nacimientos, defunciones y bodas, etc., encabezando la marcha el regidor Bartolomé Ruiz Varela hacia la ermita de San Roque, origen del actual San Roque y en Algeciras, que estaba despoblada y en ruinas hasta entonces.

Sin embargo, no conformes con el asedio, a finales de ese mismo año,  tropas hispanofrancesas pusieron sitio a la ciudad con la pretensión,  sin éxito de tomarla por las armas.

La posesión británica sería reconocida en el Tratado de Utrecht en 1713, que puso fin a la guerra. Por este tratado, España cedía  el peñón a Gran Bretaña sin jurisdicción alguna, estableciéndose, no obstante, una cláusula por la cual si el territorio dejaba de ser británico, España tendría la opción de recuperarlo.